27/6/17

CAMINO DE BRASAS

Tomada de la red.




Mi hermano quería ser como la Piquer. Eso dijo. Sólo una vez, delante de una raja de sandía que acabó machacada sobre su cabeza, cuando mi padre la aplastó de un puñetazo. Desde entonces odio la sandía. Mi hermano también.
      Mi madre no hablaba. Sentada en el umbral de la casa veía pasar las tardes sin apenas cambiar de posición. Sólo cruzar y descruzar las piernas y estirar el vestido bajo las rodillas de vez en cuando.  La última vez que escuché su voz fue cuando gritó pidiendo ayuda. Ella quería mucho al abuelo Santi y siempre estaba atenta a los ruidos de la casa. De día porque el abuelo se empeñaba en coger pepitas de oro de las brasas de la candela. De noche porque se levantaba y quería abrir la puerta para marcharse a trabajar al campo. Lo quería aunque estaba cansada. Por eso le dijo aquella tarde, mientras untaba de Avril las quemaduras de su mano, que el Señor debía llevárselo para que todos pudieran descansar. No creyó en ningún momento que el abuelo fuera a tomarla en serio. Cuando tropezó con la zapatilla a la entrada de la cuadra y vio la otra zapatilla a punto de caer de un pie, gritó tanto que gastó toda la voz.
     Mi padre no quiso renunciar a la que fue y negó a la nueva mujer que se deslizaba por la vida como un soplo de aire, sin más ruido que el de sus pies al caminar. Empeñado en hacerla hablar, la zarandeaba con la fuerza de quien no acepta el deseo ajeno. Mi hermano y yo asistíamos todos los días a aquella escena repetida, abrazados, sin hacer otra cosa, con el temor de que aquella  violencia nos tocara. Mientras tanto, mamá se iba diluyendo, sentada en el umbral, como pavesa que se deshace con un golpe de aire. Un día desapareció sin más. Papá se enfadó tanto que agarró la correa, la enrolló en la mano y estuvo dándole correazos a mi hermano a quien culpaba siempre de todo lo que ocurría en nuestra casa.
      Mi hermano procuraba ocultar los moretones, encubriendo a papá, cosa que yo no entendía. ¿Quieres que nos manden a un Centro de Acogida?, preguntaba cada vez que le pedía que hiciera algo. Yo lo quería mucho y él, cuando sorprendía un puchero o una lágrima, me cogía de una mano y me llevaba al cuarto de mamá. Abría el armario, sacaba uno de sus vestidos, se calzaba los zapatos de tacón, cogía el neceser donde ella guardaba sus cosas y se daba colorete, rimmel y se pintaba los labios. Cantaba y bailaba para mí y yo sentía el orgullo de gozar del privilegio de tener a un artista para mí sola.
     Cuando papá enfermó, mi hermano se pasaba día y noche al lado de la cama, poniéndole compresas en la frente, sujetándole la cabeza cuando vomitaba. Yo me quedaba mirando desde la puerta de la habitación, debatiéndome entre el rechazo que había anidado en mi interior hacia mi padre y el deseo de que no muriera.
      Y no murió. Parecía como si le hubieran apaleado cuerpo y alma y no conservaba ni un atisbo de su rabia. Tenía los ojos húmedos, siempre al borde del llanto y buscaba continuamente la mano de mi hermano y la besaba con fervor. Yo lo observaba todo algo distante, a la espera, aunque no sabía de qué.
     Ocurrió una mañana espléndida de primavera. Papá estaba en el patio, sentado en la mecedora donde le había dejado mi hermano. Yo leía un libro a su lado sin prestar mucha atención a sus quejas ahogadas, a su baba cayéndole sobre la camisa del pijama. Primero escuché el taconeo que venía de adentro de la casa, luego el frufrú del vestido, y antes de que mi hermano hiciera su aparición estela, me llegó el olor del perfume de mamá.
     Papá no se murió de la impresión, como yo esperaba, cuando vio a su hijo vestido de mujer en mitad del patio, ni cuando se le acercó y le estampó un beso de carmín en sus mejillas resecas. Levantó la cabeza y lo miró de arriba abajo, sonrió y dejó escapar una lágrima. Mi Teresa, mi Teresa, no dejaba de repetir, llamando a mamá, mientras mi hermano, con el embrujo en el cuerpo, bailaba para los dos hasta caer agotado sobre los geranios del patio.

26/6/17

ROJO PÁLIDO, CASI ROSA


Tomada de la red.


Las veo al atardecer, en bandadas. Las grullas vuelven siempre, majestuosas, a la laguna. Yo también he regresado, atraída por la evocación de aquel verano. Abrir un álbum tan antiguo que sus pastas se quejen ante la violación de la mano que descubre sus secretos. Y dentro, en sepia resquebrajada, los dos frente al agua gris perla, con las grullas a nuestra espalda volando.
     La abuela Raquel tenía una casa grande cerca de la laguna. Siempre llena de gente que entraba y salía durante todos los meses del año: aves migratorias que recalaban para hacer un alto en el camino, descansar del ajetreo de las ciudades, buscar el bálsamo que calmara heridas recientes, o vivir unos días de besos y caricias.
      Conocí a mi primo Ramón en esa casa, cuando mamá me llevó buscando una tregua en la guerra diaria que mantenía con mi padre. Se echó en la hamaca que había en la parte de atrás de la casa y en los días que pasamos allí apenas se levantó.
     Yo escuchaba las conversaciones a medio gas de las mujeres, cuando se sentaban al atardecer en las mecedoras frente a la laguna. Bebían limonada, té, y algo más fuerte que les ponía la risa fácil al anochecer. Hablaban de hombres. De lo que les hacían o les dejaban de hacer. Yo me ovillaba en cualquier lado y ni se enteraban de mi presencia.
     Una de aquellas tardes un coche paró en el camino de la entrada. De él se bajaron una señora con aspecto agotado y un chico desgarbado y huesudo, más o menos de mi edad. La abuela salió apresurada a recibirlos. Este es tu primo Ramón, dijo, descubriéndome una parte de la familia de la que hasta el momento no había tenido noticia. Mi madre tampoco entró en explicaciones. Me despachó con un ¡ah, esos!, son de parte de tu padre, yo no tengo nada que ver con ellos.
     Mi primo y yo nos hicimos inseparables. Íbamos a primeras horas de la mañana, después del desayuno, con palos y el cazamariposas hasta la orilla de la laguna y lo metíamos en el agua hasta donde nos alcanzaba el brazo, luego lo sacábamos con algunas especies minúsculas moviéndose entre el fango. ¡Bichos!, gritábamos. Nos quedábamos mirándolos sin parpadear hasta que el líquido había escurrido tanto que sólo quedaba aquel barrillo que poco a poco iba ahogando cualquier signo de vida.
     Algunas veces Ramón caminaba, yo detrás, hasta los campos de azafrán donde los hombres sembraban los bulbos en las zanjas. Iban agachados y mi primo se unía al duro trabajo, yo detrás, como si estuviera cumpliendo una penitencia. Pero enseguida se cansaba y se iba, yo detrás, lloriqueando y con una mano en la cintura. De espaldas, parecía una chica.
     Mientras cenábamos, la madre de Ramón nos sometía a un interrogatorio. Qué habéis hecho, dónde habéis estado, con quién... Él le hablaba siempre de la siembra del azafrán y de lo mucho que le gustaba el trabajo. Su madre sonreía mientras repetía: Como un hombre, como un hombre.
      Si a mí se me ocurría meter los pies en la laguna, Ramón me seguía y los dos chapoteábamos y reíamos hasta hartarnos. Si él quería cazar un pato, yo lo seguía, los dos armados con un palo, aunque al final lo único que golpeábamos era el agua.
     Por eso y porque pensé que me quería de igual forma que yo a él, aquella tarde acerqué mi cara, los labios fruncidos y los ojos entornados, con la intención de besarlo.
—¿Qué haces?— me preguntó, esquivándome.
—Creí que me querías...— balbuceé yo.
—Y te quiero, tonta. Tú eres mi alma gemela. Soy como tú, como tú...—y levantó la cabeza con orgullo.
      Esa noche cenamos en silencio. Ramón no habló de los campos de azafrán a su madre y ella tampoco hizo preguntas. Mi madre salió de su letargo y volvieron las malas caras. Mi padre había venido a recogernos.
     Por la mañana, antes de subirnos al coche, mi padre sacó la cámara y nos hizo aquella fotografía, cuando Ramón aún era un chico y yo soñaba con casarnos y vivir para siempre frente a la laguna.

25/6/17

ELLA- FINALISTA DEL IV PREMIO LITERARIO DE CUENTO CORTO «MADRID SKY»

Tomada de la red.

No acostumbro a entrar si no hay clientes, para no sentir el golpe súbito de la soledad, pero casi nunca ocurre esto, porque es un bar muy concurrido, y yo soy un habitual a pesar de que nadie lo entienda. ¡Déjalo ya!, me dicen mis amigos, con ese tono provocado por el cansancio de tanto repetirlo. Yo me despido de ellos levantando una mano mientras camino hacia La caracola. Un paisaje de mar y cielo revuelto. Eso soy yo. Escucho mi andar a pasos cortos y me digo que sí, que ella estará dentro esperándome. Y cuando al fin llego y empujo la puerta, cierro los ojos un instante, los abro y miro y remiro la mesa; parpadeo para quitarme las telarañas del desánimo, antes de saludar con el consabido qué hay de todos los días. Fernando tira una caña y la deja en la barra con un plato con aceitunas. Nada nuevo, dice. Me giro hacia la puerta, para verla entrar. Imagino que llevará la cazadora vaquera, ahora que no hace tanto frío, y tal vez la falda negra, agarrado un pico del bajo con una flor roja, y los mocasines azul noche de luna, como ella los llamaba.  Y la mochila delante, como si fuera un bebé. Empujará la puerta con esas ganas de abrirlo todo, de comerse la vida.
     Seguro que gana el Madrid, dice Paco, el pintor que todos los días se toma un descanso y una cerveza antes de volver a su casa, a su mujer, a sus hijos. Yo cabeceo antes de echar un trago y mirar de refilón la pantalla enorme del televisor que encuadra a unos jugadores diminutos moviéndose por un campo de listas verdes. 
     La mesa está ocupada. La del rincón. La nuestra. Y me cuesta retirar de ella a ese grupo de chavalas que teclean con la rapidez del rayo, y ríen los mensajes de ida y vuelta.  Pero lo consigo. Y entonces la veo. Me veo. Hablando a ratos. Callados otros. Mirándonos, descubriendo un hoyo, una pequeña cicatriz. Entre sorbo y sorbo de café. Con ella tomaba café para no hacerle el feo. Con ella comía de su mano. Tortitas con nata. Aunque después no pudiera dormir y me pasara la noche mirando correr las sombras por el techo de mi habitación.  ¿Y qué harás después de la universidad?, preguntaba  tras un silencio raro, cuando se ponía seria. Buscaré trabajo, contestaba yo. Trabajo, decía ensimismada, como si estuviera en otro mundo, no hay trabajo en esta ciudad. Pero enseguida volvíamos a querernos. Atrapaba su mano entre las mías y la besaba una y otra vez ante la mirada socarrona de Fernando.
     Se oían los vasos entrechocar bajo el chorro del grifo, el murmullo de una canción en la cocina, y conforme la tarde caía, el olor de las tostadas, el de la crema, el del café, daba paso al de la tortilla de patatas, la oreja y el champiñón a la plancha, el vino y la cerveza. Era hora de marcharse. Pero siempre volvía. Siempre juntos. Cuando éramos jóvenes y la vida un manantial inagotable. Luego, ya no lo recuerdo. 
     ¿Otra cañita, Eduardo?, me pregunta por preguntar Fernando, porque ya acerca el vaso a la embocadura, ya tira del grifo y sale el líquido dorado y espumoso. Lucas tamborilea con los dedos sobre la barra, sin apartar la vista del televisor. Y de pronto se levanta del taburete, grita ¡gooool!, y me abraza. Entonces me veo entrando en La caracola, joven, como cuando venía a mis citas con Amelia, y me acerco. Es tarde, volvamos a casa, digo, dice. Luego se vuelve hacia el dueño y le pregunta  cuánto le debe su padre. Lleva así desde que murió mi madre, dice el que debería ser yo, pero que no soy yo. Y me empuja hacia la puerta. Hoy tampoco vino, le digo. Y él mueve la cabeza como si de verdad me entendiera.


18/6/17

CON EL VIENTO

Tomada de la red.



Deja su casa cuando aún la luz no ha doblado del todo el brazo a las sombras.  Aun así, mientras echa la llave puede ver las siluetas que emergen y cortan los primeros rayos de sol,  en lo más alto de la colina. Se mueven como si estuvieran desperezándose, con un batir ligero. Más tarde, tal vez con el brío que emulsiona una crema de verdura.
            Regresa al atardecer, después de una jornada con olor a papel y tinta, entre libros, fichas y silencio de culto en la biblioteca. Conforme el coche se acerca, ve los brazos levantados al cielo, como gigantes de un Quijote reciclado, y esa visión familiar la reconforta. Nada más entrar en el zaguán, cierra un momento los ojos y recibe, potente, la imagen de él.         
            La oscuridad llega siempre con viento de voces alzadas que cuentan leyendas. Como la suya. Se sienta frente a la ventana y escucha los sonidos de los animales nocturnos, de las aspas que trabajan con fuerza, creando energía. Atenta. Siempre atenta al aullido prolongado, a la llamada en la puerta. Entonces abrirá y será él de nuevo, humano y dulce con ella.